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William Spratling

De los personajes más interesantes e importantes que han visitado México William Spratling podría encabezar el reparto. Nació el 22 de septiembre de 1900, en Sonyea, Nueva York. A los 21 años radicó en Nueva Orleans, en cuya universidad dio clases de arquitectura, y publicó dibu¬jos en varias revistas, entre ellas Architectural Forum, que lo envió a México en 1926 para dibujar monumentos coloniales. En esa primera estancia en el país, amistó con el Dr. Atl, de quien tradu¬jo al inglés Cuentos de todos colores. En 1927-28 retornó para dar algunas conferencias sobre arte religioso en la Universidad Nacional, pero un año después, en 1929, es contratado para escribir Little México (México tras lornita). Y entonces decide vivir definitivamente en Taxco, en la calle Las Delicias. Instala su primer taller de plata en la Casa de la Aduana, de 1931 a 1944, lle¬gando a tener 400 artesanos. [El erudito en Splatling, José N. Iturriaga, nos dice que «para evitar confusiones, cabe precisar que la casa de Spratling en la calle de La Palma o Las Delicias es una y está sólo a unos 50 metros de la Casa de la Aduana, que su dueño llamó Taller de Las Delicias, y que obviamente es otra finca. Después cambió el taller, con el nombre de La Florida, a la hacienda de Cantarranas»] En 1953 es considerado Hijo predilecto de Taxco y desde entonces una calle lleva su nombre. Falleció el 7 de agosto de 1967 en un accidente automovilístico, en la carretera Taxco-Iguala. Spratling, familiarizado con el trazo fino del lápiz, halló en lo inconexo de Taxco el dato que faltaba en su imaginación. De pronto se estaba arriba; de pronto se estaba abajo. El sol calentaba el blanco de las paredes, que lo rechazaba, pero en cambio sumergía su poder en lo rojo de los techados y en el empedrado del arroyo. Intuyó que podría encajar en el tejido social sin alterar ambas costumbres: es decir, las del poblado guerrerense y las suyas propias. Y aunque los maestros y varios aprendices plateros protestaban los «raros» diseños de Guillermo (la gente lo rebautizó así), la plata rebasó el lugar común del simple «recuerdo», entrando de lleno en el campo del arte.

Todo un personaje, de los que «ya no hay», como se afirma. La escultura Helen Escobedo le narro a N. lturriaga que «Spratling tenía un sentido del humor muy agudo. Una broma que acostum¬braba hacer era en la alberca de su rancho, rodeada de bambúes gigantes. Cuando llegaban muchachas bonitas o señoras jóvenes, las invitaba a nádar, pero desnudas. Argumentaba que-"Aquí todo es natural, hay que recibir el sol sobre la piel." También me la hizo a mí. Sentía yo como si mil ojos estuvieran sobre mi cuerpo. Luego confesó que les permitía a sus plateros espi¬ar entre los bambúes, para su regocijo

* [ ... ] Cuando llegó aquí José de la Borda en 1717, ¿cómo sería este pueblo? Es muy probable que haya sido una aldea mucho más pequeña, más indigena, suficiente para sus necesidades económicas. Habrán servido los preciosos metales sólo para fabricar adornos. Tal vez no haya sido más una cuadrilla, es decir, un pueblo compuesto de unas cuatro o cinco familias cuyas casas están en distintas lomas.

Borda sólo utilizó el nombre del pueblo que encontró y debido al poder y a la riqueza de su explotación incesante construyó al Taxco que conocemos ahora. Y lo logró. Tuvo que ser una naturaleza más vigorosa y más fuerte que la de un indio la que concibiera una ciudad sobre estas lomas empinadas y caprichosas. Pero este pueblo no fue la única creación de Borda; hasta los últimos rincones desérticos y abandonados de Guerrero fueron suyos, por cientos de kilómetros de caminos empedrados, cada uno con sus bardas de piedras a los lados. ¡Todo esto para que un extranjero lleno de energía y ambición acumulara una fortuna! En esa época el único papel que desempeñaba México era ser fuente de riquezas metálicas. Hasta la iglesia tenía derecho de atesorar... Borda temía a Dios y a la Iglesia y desagravió a la Virgen cuando mandó hacer la hermosa iglesia de piedra rosada y azulejos. Por eso existe este pueblo.

* [ ... ] Las máscaras están talladas de los troncos sólidos del árbol que se llama zompantle, que era el árbol sagrado de los muertos de los aztecas. Muchas veces la pintura que decora las máscaras es barro de distintos colores, traído de las montañas. Ya me ha enseñado Ángel Ayala de dónde consigue su color rojo y amarillo –matices maravillosos– en las lomas del Huitzteco. En noviembre, mes de la fiesta de los muertos, estos árboles se encuentran desnudos de sus hojas pero cubiertos de gotas duras y brillantes, que parecen gotas de sangre... ¿será cierta la leyenda de esta sangre? ¿No les llegará más al alma a los aztecas modernos que la sangre pintada en los Cristos dorados?

* Hace muchos años, cuando se construyó la iglesia de Santa Prisa, se soltó una tempestad. Era por el año de 1750 y la parroquia ya estaba casi terminada, los artesanos dedicados a esculpirJades finas para adornar y coronar las torres gemelas. La iglesia, enorme, alta, color de rosa, envuelta en andamios de postes delgados atados con ixtle, parecía un tejido que desafiaba al cielo que comenzaba a oscurecerse.
El excelentísimo señor Borda había ido a México a tramitar la compra de unas minas en Guanajuato. Los únicos que habían quedado a cargo de la Iglesia eran el viejo maestro de obras, el jefe de los albañiles y los escultores que tallan la piedra.

Cuando las nubes llenas de malos agüeros parecían escurrirse hacia la tierra, un viento comenzó a soplar por las calles de Taxco y silbaba por las torres de la iglesia. Todo quedó en tinieblas. Todos los maestros, aterrorizados, bajaron de los andamios. Se veían relámpagos que parecín azotar el Huitzteco. Se acercaba la tormenta, como sí quisiera destruir al pueblo y a su iglesia.

De repente, un relámpago terrible hizo una silueta negra de las torres de la iglesia e hizo brillar la cúpula. Toda la Calavera de la cúpula decía: «GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS...» Tanto los obreros como los nativos del pueblo se pusieron a rezar, llenos de temor de que el demonio destruyera su hermoso santuario.

Pero súbitamente, flotando entre la Iglesia y el cielo, apareció una dama bellísima. Llevaba la ropa brillante y voluminosa de los mártires romanos. Sonriente y tranquila, con una sola mano detuvo a los relámpagos destructores. Con la otra mano, que sostenía una palma, bendijo al templo y a los taxqueños. Luego desapareció.

Fue doña Petra la que me contó esta historia. Pero todo el mundo lo sabe como parte de la historia local. Existe una pintura que muestra la gloriosa aparición en la parroquia. Resultó ser la milagrosa Santa Prisca, identificada después por sus padres. ¡Con razón le dedicaron la iglesia y la hicieron la santa patrona!

FUENTE: William Spratling, México tras Lomita (con dibujos originales del autor; prefacio de Diego Rivera; prólogo para esta edición de Budd Shulberg), Diana, México, 1965.

 
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